Descendemos ahora a la planta inferior cuya principal finalidad es recrear dos ámbitos claramente diferenciados; la bodega tradicional y la bodega industrial. Al igual que en los antiguos castillos y monasterios, este era el lugar destinado para la elaboración y conservación del vino. Las gruesas paredes de piedra conservan una temperatura constante durante todo el año, algo fundamental para mantener la excelente calidad de nuestros vinos.
Nos adentramos ahora en los rincones de una bodega tradicional.
Después de que los vendimiadores cosechen las uvas, necesitamos trasladarlas hasta la bodega. Tradicionalmente, esto se hacía en cestas de tiras de castaño transportadas en carros, tirados por vacas o bueyes. Las cestas diferían en tamaño y forma dependiendo de la zona de Galicia donde se encontrase el viñedo. Aquí tenemos expuestas dos cestas de pequeño tamaño que son las propias de nuestra zona, el Condado; y una cesta de mayor tamaño, el llamado “Cesto Culeiro”. El “Culeiro” es el cesto que se utilizaba antaño en el norte de la provincia de Pontevedra, el Ribeiro y en la Ribeira Sacra y que podía albergar hasta 45 kilos de uvas. El “carrexón”, que era la persona que realizaba el transporte, llevaba el “culeiro” sobre el “molido” que es una trenza de paja acabada en dos palos de madera y que se colocaba en la frente a modo de diadema, por lo que la fuerza era ejercida por la testuz de la persona.
El esfuerzo que suponía trasladar las uvas de esta forma, junto a la orografía del paisaje vitivinícola de la Ribeira Sacra, donde los viñedos se asientan en inclinadas laderas al lado de los ríos Miño y Sil, hacen que se conozca a su tradición enológica como “la viticultura heroica”.
A continuación, podemos ver una curiosa vitrina donde se guardan diferentes enseres que se utilizaban y aún se utilizan en las bodegas tradicionales como son, por ejemplo: las griferías antiguas, una lavadora de botellas manual, chazos y un macetón que sirven para recolocar los anillos metálicos que sujetan los toneles, el “piezá” que es un cepillo para retirar las impurezas de entre las duelas de madera y el “cabazo” pieza de la que hablaremos a continuación.
Al lado de la vitrina y debajo de una imponente “lareira” de piedra podemos ver una representación de cómo sería el momento de la venta del vino de añadas anteriores. Este vino se guardaría en barricas de madera a la espera de que llegase el comprador adecuado.
La medida utilizada para los líquidos en el sur de Galicia y en este caso para todas las transacciones relacionadas con la compra-venta de vino era el “cabazo”. Esta medida hace referencia al recipiente de hojalata utilizado y que varía dependiendo del lugar donde nos encontremos. Aquí, por ejemplo, en Salvaterra lleva 15 litros, pero si nos movemos a la localidad vecina de As Neves llevaría 16, o a Redondela, donde llevaría 20 litros.
Para evitar trampas en las transacciones, todos los “cabazos” tenían que estar contrastados por las autoridades. Esto se hacía mediante el gravado de un número de registro en la parte exterior del recipiente, y de la soldadura de dos marcas metálicas en el interior. La finalidad de estas era señalar la medida exacta del “cabazo” para ese territorio.
Cada cabazo que se vendía se señalaba con una marca de tiza en la barrica y era común que, al llegar a los 11 recipientes vendidos, el productor le regalase al comprador la llamada “ola”, que es la diferencia entre las marcas metálicas y la boca del cabazo.
Era habitual que los productores intentasen hacer trampas, desoldando las marcas metálicas y soldándolas un poquito más abajo, ganándole así menos de un cuarto de litro a cada cabazo. Por lo que muchos compradores llevaban consigo su propio recipiente a la hora de ir a comprar vino. Ejemplo de esto último, es el ejemplar más grande que tenemos a la izquierda de la barrica.
En la parte central de esta primera sección también podemos ver diferentes útiles tradicionales como griferías, máquinas de sulfatar, garrafones y “cabazas” que servían para transportar el sulfato ya preparado hasta el viñedo.